Gozu-Tennō
Gozu-Tennō (牛頭天王), para los budistas, es la deidad encargada de la enfermedad y las plagas, y es temido y adorado por miedo a su tremendo poder. Se le invoca para pedirle protección contra las plagas que él mismo desata. Literalmente, Gozu-Tennō se traduce como “cabeza de buey”. En Gozu (2003), el yakuza Minami tiene que matar al yakuza Ozuki, a quien considera su hermano por haberle salvado la vida. Ozuki es temido por sus superiores porque es capaz de asesinar con lujo de violencia extrema a un perrito chihuahueño que él considera capaz de asesinar a los miembros de la Yakuza. Como Gozu-Tennō, es temido por su ambivalencia ante la desgracia humana: si un perrete es una amenaza, no dudará en azotarlo contra la banqueta y lanzarlo por los aires. ¿Quién está a salvo ante semejante “poder”? Con Takeshi Miike pasa algo similar. Los cientoveintitantos minutos de Gozu son una renuncia a muchas cosas, entre las que se podría contar como titulares la realidad como insistimos en comprenderla o conocerla, el violento surgimiento del inconsciente hacia la superficie, sin aviso, y la pérdida. A sus películas se les invoca para presenciar esa renuncia y para protegernos de ella a través del entretenimiento.


Sobre Pina
Dos días antes de comenzar las tomas de prueba en 3D, Pina Bausch murió inesperadamente de cáncer en los pulmones. Año y medio de preparativos para la película quedaron en el limbo: Wim Wenders, el director, decidió cancelar la producción. Veinticinco años llevaban él y la coreógrafa fraguando un largometraje sobre danza; 25 años de amistad cercana que pronto se volvería íntima complicidad. Las posibilidades del 3D, en opinión de Wenders, por fin permitirían que el tremendo espacio que ocupa la danza se tradujera a una pantalla plana. Pero Pina murió. Dedicada hasta los huesos a esa danza, se desplomó sin aviso antes de que ese salto sucediera.
víspera
Desayunamos. Me mareo. Nos asustamos. Fotos. Una de la tarde; el sol entre las dos ventanas, como siempre. ¿Qué hacemos? No hay café, pero hay manzanas. Navidad. Nervios. Una carne cruda llena de nervios. Un año. No se terminan. Un día lo harán. El destino nos marea, mi amor.
Mientras caminaba, tomé una siesta y tuve el siguiente sueño:
Una señora me detiene sobre la acera, tomándome del brazo, y me dice “joven”, que lo soy, “no le entiendo nada”, a lo que yo respondo: “Discúlpeme, no estaba hablando con usted”. La mujer rompe en llanto y se deja ir contra la pared de una casa, luego se desliza hasta el suelo. Sufre mucho; su llanto es violento e insoportable. Cuando comienzo a caminar de nuevo, la señora corre hasta la siguiente esquina y aborda un camión que, sé, va a Caseta (México-Cuernavaca), el lugar más horrendo de la ciudad, si me preguntan.
cobija de mar
El mejor pensamiento para cuando suena la alarma que termina la siesta es que nada importa; que a nadie le importa. Después, uno siente que ahí están todavía los zapatos y que afuera hay un mundo listo para despreciarlo, y se termina la siesta.
responsabilidad
Uno tiene que hacerse cargo de sus pensamientos; si no, se convierten en astillas o en espinillas negras en la nuca. Incómodas, asquerosas y dolorosas astillas/espinillas negras que a la hora de dormir, recargadas contra la almohada, te recuerdan que estás lleno de algo para lo que tu voz no tiene el suficiente volumen.
¿Y qué si el sonido de esa voz es húmedo y oscuro? ¿Qué importa si esos pensamientos parecen no tener ni comas ni puntos ni inteligentes saltos de párrafo? Eso no es su defecto: su defecto es que están fuera del campo semántico de lo que de inmediato preocupa. No van de dinero, no van de horarios o de smartphones. Van de viento, de agujeros o de nada. No se les puede exigir la claridad que uno no ha estado dispuesto a darles.
Hay que hacerse cargo de ellos porque si no se pueden convertir en una enfermedad mortal. Lo que no digo es un tumor de silencio indescifrable. Miro hacia mis entrañas y las encuentro vacías, pero es una ilusión: es el abismo del ruido blanco, de esa pus negra que, por demasiada, parece inextinguible.
Eso.
Me llama temprano el panadero: “puede recoger su concha mañana entre las nueve (9) de la mañana (am) y las seis (6) de la tarde (pm)”. Yo le pregunto, porque no puedo ir, que qué pasa si no voy, y me dice: “puede recoger su concha mañana. Sólo tiene que pasar y recoger la concha”. Cuelgo el teléfono y maldigo hasta que me arde el estómago. Por una puta concha me arden el estómago y el cerebro. Pues vaya concha, ¿no? Y yo muy concha aquí, nomás, pensando en maneras curiosas de suicidarlos a todos.
Because love is such an old fashioned word,
and love dares you
to care for the people
on the edge of the night,
and love dares us to change our way
of caring about ourselves.
This is our last dance.
This is ourselves.
ElizaScott
Soñé que una total desconocida me enviaba un mensaje sms: “You want me dead”, decía. You want me dead es el nombre del blog de esa total desconocida. ¿Por qué sigo diciendo total desconocida? Sigo su blog, me gusta, sé que se llama, o dice llamarse, Eliza Scott; su poesía tiene fuerza, mucha fuerza. Escribe desde la estatura de una niña, mirando el mundo hacia arriba con arrebato y muy cerca de sus pies, del peso que la mantiene anclada al mundo; conoce su sombra de cerca, vaya, y mientras la mira recibe con gusto al sol tostando su cuello.
[...] he thought that perhaps the trees cried, and their tears filled the creek that ran in the woods in poly’s town. the woods were clammy and grew like the hair on the back of a rat but poly and carp could only see the warm sun and the green leaves that floated as in a dream, covering the forest floor in butterfly wings.

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