Sobre Pina
Dos días antes de comenzar las tomas de prueba en 3D, Pina Bausch murió inesperadamente de cáncer en los pulmones. Año y medio de preparativos para la película quedaron en el limbo: Wim Wenders, el director, decidió cancelar la producción. Veinticinco años llevaban él y la coreógrafa fraguando un largometraje sobre danza; 25 años de amistad cercana que pronto se volvería íntima complicidad. Las posibilidades del 3D, en opinión de Wenders, por fin permitirían que el tremendo espacio que ocupa la danza se tradujera a una pantalla plana. Pero Pina murió. Dedicada hasta los huesos a esa danza, se desplomó sin aviso antes de que ese salto sucediera.
víspera
Desayunamos. Me mareo. Nos asustamos. Fotos. Una de la tarde; el sol entre las dos ventanas, como siempre. ¿Qué hacemos? No hay café, pero hay manzanas. Navidad. Nervios. Una carne cruda llena de nervios. Un año. No se terminan. Un día lo harán. El destino nos marea, mi amor.
Mientras caminaba, tomé una siesta y tuve el siguiente sueño:
Una señora me detiene sobre la acera, tomándome del brazo, y me dice “joven”, que lo soy, “no le entiendo nada”, a lo que yo respondo: “Discúlpeme, no estaba hablando con usted”. La mujer rompe en llanto y se deja ir contra la pared de una casa, luego se desliza hasta el suelo. Sufre mucho; su llanto es violento e insoportable. Cuando comienzo a caminar de nuevo, la señora corre hasta la siguiente esquina y aborda un camión que, sé, va a Caseta (México-Cuernavaca), el lugar más horrendo de la ciudad, si me preguntan.
cobija de mar
El mejor pensamiento para cuando suena la alarma que termina la siesta es que nada importa; que a nadie le importa. Después, uno siente que ahí están todavía los zapatos y que afuera hay un mundo listo para despreciarlo, y se termina la siesta.
responsabilidad
Uno tiene que hacerse cargo de sus pensamientos; si no, se convierten en astillas o en espinillas negras en la nuca. Incómodas, asquerosas y dolorosas astillas/espinillas negras que a la hora de dormir, recargadas contra la almohada, te recuerdan que estás lleno de algo para lo que tu voz no tiene el suficiente volumen.
¿Y qué si el sonido de esa voz es húmedo y oscuro? ¿Qué importa si esos pensamientos parecen no tener ni comas ni puntos ni inteligentes saltos de párrafo? Eso no es su defecto: su defecto es que están fuera del campo semántico de lo que de inmediato preocupa. No van de dinero, no van de horarios o de smartphones. Van de viento, de agujeros o de nada. No se les puede exigir la claridad que uno no ha estado dispuesto a darles.
Hay que hacerse cargo de ellos porque si no se pueden convertir en una enfermedad mortal. Lo que no digo es un tumor de silencio indescifrable. Miro hacia mis entrañas y las encuentro vacías, pero es una ilusión: es el abismo del ruido blanco, de esa pus negra que, por demasiada, parece inextinguible.
Eso.
Me llama temprano el panadero: “puede recoger su concha mañana entre las nueve (9) de la mañana (am) y las seis (6) de la tarde (pm)”. Yo le pregunto, porque no puedo ir, que qué pasa si no voy, y me dice: “puede recoger su concha mañana. Sólo tiene que pasar y recoger la concha”. Cuelgo el teléfono y maldigo hasta que me arde el estómago. Por una puta concha me arden el estómago y el cerebro. Pues vaya concha, ¿no? Y yo muy concha aquí, nomás, pensando en maneras curiosas de suicidarlos a todos.
Una diaria
Hace unos minutos pensé: “Necesito un buen trabajo de plomería mental”. Después, lo que cualquier persona con una cuenta de wordpress, o cualquier otro servicio de blogueo: “Voy a escribir una entrada diaria en el blog. Aunque no tenga nada qué decir, lo encontraré; siempre hay algo qué decir, especialmente cuando uno dice dedicarse a escribir”. Y segundos después: “Mañana comienzo. Sin falta”. Y después me senté frente a la computadora y tecleé: faceboo… Jo.


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